Museo Tatsugoro, paraíso de 800 bonsáis y único en América Latina

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Fortín de las Flores.- Cobijado por el volcán Pico de Orizaba, en medio de la vegetación y resguardado por 13 perros, se encuentra el Museo Tatsugoro, un paraíso mexicano del bonsái que alberga por lo menos unos 800 árboles pequeños de 120 especies diferentes.

Ahuehuetes, laureles, hules, olivos, juníperos, olmos chinos, maples, fresnos, piracantos, palo dulce, bougainvilleas, eleagnus, pino negro, mejorana y pinos de cinco y hasta 500 años habitan en un espacio de por lo menos mil 500 metros cuadrados, entre jardines, fuentes y cascadas de estilo oriental.

Además, en una zona aledaña de mil 200 metros cuadrados, se encuentra un vivero madre o depósito en el que unas siete personas del taller curan a los árboles enfermos o en proceso de transformación.

A la entrada hay un aviso que advierte: “A los que se dicen maestros bonsallistas, está terminantemente prohibido hacer modificaciones a los árboles. La mayoría los adquirí porque me gustaron, algunos me los regalaron y otros fueron diseñados por verdaderos maestros. Los feos o mal hechos, seguramente los hice yo y merecen el mismo respeto. Todos son como mis hijos”.

“El museo nació hace 36 años cuando mi hija tuvo su primer bebé y sembró una semilla del árbol jacaranda. A partir de ese momento, empecé a interesarme en ellos. Otra de mis hijas me regaló en Navidad un libro sobre el bonsái y comencé a buscar árboles, así como a quien me enseñara la técnica para podarlos”, explicó Miguel Ros, su propietario.

Interesado en el arte del bonsái, trajo a maestros italianos, puertorriqueños, venezolanos, argentinos, brasileños y españoles para que les enseñaran a sus trabajadores y a él las técnicas de cuidado y tratamiento del árbol, pues hay que darles forma como lo hacen los verdaderos peluqueros.

El Museo de Tatsugoro, que abrió sus puertas al público el 11 de octubre de 2008, es el primero en su tipo en México y Latinoamérica. Toma su nombre de Tatsugoro Matsumoto, quien vino al país por encargo de Porfirio Díaz para que hiciera un jardín japonés y fue quien trajo el primer bonsái a este país.

El arte del bonsái se originó en China hace unos dos mil años como objeto de culto para los monjes taoístas. Para ellos era símbolo de eternidad, ya que el árbol representaba un puente entre lo divino y lo humano, entre el cielo y la tierra.

De acuerdo con Ros, durante siglos la posesión y el cuidado de los bonsáis estuvieron ligados a los nobles y a las personas de la alta sociedad. Según la tradición, aquellos que podían conservar un árbol en maceta tenían asegurada la eternidad.

El museo ha sido visitado por los maestros Salvatore Liporace, Pedro J. Morales, Erik Wigert, Robert Kempinski, Nacho Marín, Sergio Luciani, Zezao, Luigi Maggioni, Milagros Rauber, Karim Alfaro, José O. Rivera y Mauro Stemberger. Cuenta con bonsáis de primer nivel, catalogados así por éstos expertos conocedores.

Con la mirada sabia y de semblante apacible, Miguelín, como le llaman sus amigos, explica que tiene árboles de todas las especies, ya sea tropicales, de clima templado o muy frío.

El más viejo es “El águila azteca”, por lo menos tiene unos 500 años y se encuentra dentro de un domo para protegerlo de la lluvia. Simboliza un águila sobre un nopal y es el emblema del museo. Se lo regaló su esposa un 24 de diciembre, lo trajo de Mérida, Yucatán, luego de que él le comentó que lo había visto en una revista.

“Fue una satisfacción muy grande, lástima que para el año siguiente, mi esposa había muerto, por eso también es mi preferido. Con el paso del tiempo, ha cambiado mucho. El follaje ya no lo tiene arriba, sino abajo y parte de su corteza murió. Vive gracias a una vena que tiene en la parte de atrás”, indicó.

En el Museo de Tatsugoro se imparten los días domingo talleres acerca del cuidado del bonsái, el cual considera no es una artesanía, sino el único arte vivo.

“El árbol debe tener un frente, el que más les favorezca, no pienso mucho en la rama uno, dos o la tres porque hay árboles muy bonitos que no son así, pues su distribución es otra. Las primeras ramas deben ser más gruesas, aunque si el árbol se ve lúcido y parece tal, debemos olvidar la técnica”, explicó.

El compromiso de Miguel Ros es que la gente se aficione al bonsái. Para los japoneses tenerlo es una necesidad porque tiene que ver con la filosofía de ellos, mientras que para los mexicanos, dice, es una bonita novedad.

“Su cuidado es delicado, no puede permanecer al interior de una casa, tiene que estar expuesto al sol, al aire, al frío y a todas las inclemencias del tiempo así llueva, truene o haga un excesivo calor. Hay que regarlo constantemente, ponerle su fertilizante y abonarlo. Cada cuatro años se debe sacar de su tiesto para cortarle las raíces y cambiar todo el sustrato”, precisó.

Otro de sus bonsáis más preciados es la buganvilia que le regaló hace 25 años a su esposa. “Se la compré a una indígena que la traía en una cazuela vieja con hoyos. Me la vendió en 20 pesos. Otros los fui adquiriendo en diversos viajes que hice al extranjero y por México”.

En Valle de Bravo compró un manzano y una pera, de Xochimilco trajo más, aunque todos estaban trabajados empíricamente y no con técnica. En Texcoco rescató 18 luego de que convirtieron el lugar en fraccionamiento para el Infonavit.

“Si tuviera más espacio, me traería todos los que haya en cualquier lado. Sí tengo mucho dinero invertido aquí, pues algunos llegan a costar miles de pesos, pero me hace feliz”.

A su muerte, le gustaría que sus hijos continuaran al frente del museo, pero duda que lo hagan, “así que mientras yo viva, no venderé ninguno, les tengo mucho cariño y me sé la historia de cada uno, son parte de mi familia”, concluyó.

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