Carmen Dell’Orefice se alza por encima de sus pares en la pasarela, su belleza eterna, carisma, porte, elegancia, gracia, estilo… un sinfín de atributos posibles la han consolidado y confirmado en el competido universo del modelaje como irrepetible. El glamur, los flashes y los halagos son hoy una constante, sin embargo, la trepidante vida de la octogenaria mujer es todo, menos de fantasía.

Su niñez fue difícil, sin poder mantenerla, su madre —una bailarina húngara— se vio obligada a dejarla en albergues, sin embargo, Dell’Orefice le está agradecida: “No me abandonó”, expresa. Su relación fue de momentos capaces de marcar la memoria de la modelo, como el día cuando sin reparos su progenitora comparó sus orejas con puertas y el largo de sus pies con ataúdes.

De esa adversidad y carencias, Carmen resurgió como un ave fénix, su esbeltez, causada por la fiebre reumática, no fue impedimento para atrapar el buen ojo de la esposa del fotógrafo Herman Kandschoff, Dell’Orefice tenía 13 años y engalanó la portada de la biblia de la moda, Vogue. A partir de entonces seduciría a los grandes: fue musa incluso de Salvador Dalí. A sus 15, la pintó desnuda.

Debutar en “las grandes ligas” a tan corta edad, le vale ser considerada por el Libro de los Récord Guinness la modelo más longeva del mundo. Pero un cuento de hadas no resume el paso de la neoyorquina por las pasarelas más trascendentales, esta es una carrera “accidental”, acepta Dell’Orefice, quien soñó siempre con bailar, pero una enfermedad a los 11 años se lo impidió.

Con ese peso sobre sus hombros, aprendió a reinventarse, “a bailar”, pero para la lente de quienes considera “los mejores”: Richard Avedon, Cecil Beaton, Horst P. Horst, Irving Penn y Norman Parkinson. “Ellos me inmortalizaron, pero ellos son los inmortales en mi mente”, asegura en la campaña publicitaria Plenitud, de El Palacio de Hierro.

Los kilómetros andados por ella en la pasarela, los olvidó ya, pero instituciones como la Universidad de Artes de Londres le recuerdan algo más importante: ella es y ofrece contribuciones inimaginables al mundo de la moda, por ello le otorgó en 2013 el doctorado honoris causa, una reafirmación como ícono de la industria y más aún, parte fundamental en el imaginario colectivo desde hace 70 años.

Pero su más grande triunfo es ser agradecida y humilde, le pagó los estudios a su propia madre, quien no la defraudó y se graduó con honores a los 43 años del Hunter College. La vida le ha puesto pruebas máximas, particularmente en el aspecto económico, por confiar en el banquero estadunidense Bernie Madoff, perdió sus ahorros.

“De todas mis experiencias, de los tropiezos, de las caídas, aprendí a levantarme con gracia”, está cierta de ello. Su estilo la pone hoy como parte de una generación dorada, disciplinada, lista para soñar y cumplir metas sin deponer el honor.

Su más reciente éxito, salir de la mano de dos efebos ataviada en encaje y cristales rojos, visión de Guo Pei, en la Semana de Alta Costura de París. “Ahora más que nunca, estoy preparada para esa sesión de fotos que es la vida”, finaliza Dell’Orefice, quien no piensa en el retiro, pero sí en llegar a la muerte, “algo natural”, de una forma inteligente, con tacones puestos.

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