La más espectacular de las versiones del gorila más famoso del cine llega a la pantalla. Eso no significa que la mejor. Pero Kong: La isla calavera es una aventura salvada por esa enorme y exagerada bestia que despierta admiración por la manufactura de su diseño y porque hay una gran cantidad de escenas de acción que provocan en el espectador una emoción titánica, que por supuesto nos recuerda las batallas de Titanes del pacífico.

Es impresionante la magia que la tecnología aporta al cine, que además está aderezada con una estética de la selva de Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, y con un ritmo y manejo de las bestias al estilo de Jurassic World. La película es vertiginosa y se enfoca a mover emociones de adrenalina sin nada más. Su propósito no es ser conmovedora (aunque tenga una escena forzada que lo intenta), no recrea el mito de la “bella y la bestia”, como se ha manejado en sus distintas versiones, y tampoco su línea central es la de denunciar que el ser humano es la raza más malvada (aunque lo es). Lo importante en esta película es dejarse impresionar.

Hasta aquí todo bien pero es que el espectáculo no lo es todo, es sabido que es una misión tenaz el tomar un clásico de la pantalla grande para crear una nueva versión de la misma y en este caso es admirable el intento del cineasta Jordan Vogt-Roberts, pero lo cierto es que nos presenta una historia predecible (salvo el final después de créditos) en la cual los personajes interpretados por ese elenco de lujo encabezado por Tom Hiddleston, Brie Larson, Samuel L. Jackson y John Goodman, es desperdiciado por completo con personajes con convicciones confusas y a veces sin sentido; con comportamientos de fórmula y escenas con conductas exageradas.

En esta ocasión la aventura nace de un mito. Dos científicos estadunidenses que convencen al gobierno de autorizar una misión para explorar una isla del Pacífico (bella y traicionera, desde luego), en la cual podrían hacer un descubrimiento importante antes de sus rivales ideológicos rusos (estaban en plena Guerra Fría). El viaje nada fácil fue invasivo y despertó la más feroz reacción de Kong, un bestial gorila que protege el lugar de monstruosos reptiles gigantes, y que durante la exploración conoce a sus nuevos rivales que son humanos no nativos.

El director no explota por completo el talento de su cast y se concentra por completo en la espectacularidad de Kong, y vaya que se roba la cámara. Kong juega la figura de un Dios y, al igual que las otras versiones, sus instintos obedecen a emociones casi humanas. Es excitante ver al gorila en acción cuando se trata de proteger la isla. Kong: La isla calavera es una película satisfactoria, con momentos de buen humor, impresionante visualmente y con un guion predecible, pero eso sí, muy entretenida.

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